Edad Media: Las milicias de los concejos (s. XII y XIII).

 

oncejos en guerra
   
  Feudalismo vs concejos
  Fines de las incursiones
  Obligaciones según el Fuero
  Vigilancia de la Villa
  La milicia en campaña
  Armamento de la milicia
  Reparto del botín
  Indemnizaciones y premios
  La milicia segun fuero
   
   
   
 

 

 

 

 

 

 

n el siglo XII...

Todas las ciudades y villas de la época medieval están organizadas para desempeñar funciones militares. En su avance hacia el sur, la Reconquista dejó un reguero de ciudades y villas fortificadas y organizadas para la guerra. Donde más se puede apreciar esto es en la zona de la Extremadura castellana y la Transierra.

En el siglo XI Maderuelo o Maderol no tiene más que una función defensiva. Por ello, las murallas deben mantenerse en buen estado, todos los habitantes de las aldeas deben proveer la defensa.

Durante todo el siglo XII, la función principal del concejo de Maderuelo es organizar la defensa del territorio y las razzias (vertiente ofensiva de la milicia). El rey impone a los concejos la obligación de participar en las campañas militares (el fonsado) pero no pone límites a la iniciativa particular de los concejos. Así, los concejos individualmente, o agrupados en una hueste más poderosa lanzaron sus cabalgadas por tierras musulmanas. En ocasiones, el tenente de Toledo es el jefe de todas las milicias de la Extremadura y organiza incursiones. Tan habituales eran estas cabalgadas (las huestes implicadas alcanzaban a veces tamaños considerables, hasta 10.000 soldados en algún caso) que acabaron siendo una costumbre en cada villa. Estas expediciones no buscaban ganancias territoriales, sino el botín exclusivamente. Pero también encontramos patrullas que vigilan el territorio propio (para impedir infiltraciones musulmanas).

Las villas y ciudades de la Extremadura gozaron siempre de gran autonomía militar. Suelen agruparse varios concejos hasta formar una hueste que oscila entre mil y diez mil hombres, para razziar el territorio musulmán. Prácticamente todos los años se llevaba a cabo una o dos expediciones de este tipo. No obstante, también era muy común que la hueste de una ciudad se organizara para hacer una incursión por su cuenta. Las milicias de Ávila y Segovia eran especialmente activas y no dudaban en penetrar hasta el valle del Guadalquivir en sus incursiones.

 

 


eudalismo vs. concejos

Aunque las milicias urbanas nacieron primeramente en León, la aspiración imperialista de los reyes leoneses y el mayor desarrollo feudal de este reino, dio más poder a la aristocracia militar en detrimento de estas milicias urbanas y concejiles, que estuvieron poco desarrolladas incluso en el XIII.

Como detalle del incipiente feudalismo leonés,  decir que pronto los feudos se hicieron hereditarios, aunque todavía en el siglo XII un caballero podía pasar sus armas, armadura y caballo a un heredero sólo en el caso de morir en combate, si nó sus pertenencias revertían al rey.  

Aparte de los nobles caballeros hidalgos que luchaban como vasallos en contraprestación a los feudos o pagos recibidos, fue tal la necesidad de hombres de armas que cualquier barón o el propio rey podía dar armas a un hombre libre como pago por su servicio militar.  También podían capturarse las armas en batalla o comprarlas con el  botín. 

En las villas, los no nobles rivalizaron con los infanzones o hidalgos y luchaban por exenciones de impuestos y status social.  Pero perdían su condición de caballeros si no superaban dos inspecciones anuales consecutivas aportando armas y caballo.  Los milicianos a pie se llamaban peones.

 

 


ines de las incursiones de las milicias

 

Las cabalgadas persiguen dos objetivos: causar el mayor daño posible (incendiando las cosechas, cortar olivos y árboles frutales) y conseguir el mayor beneficio (botín). Tras la caída de Toledo, a finales del XI, la frontera fue trasladada hacia el sur, lejos del Sistema Central, a las llanuras de la meseta sur.

Estos robos y saqueos conseguían debilitar al enemigo y servían de venganza por incursiones análogas musulmanas. El botín consistía en apoderarse de todo aquello que pudiera transportarse: hombres, mujeres, niños, ganados, objetos (muebles, vestidos, herramientas, armas, joyas, etc.) y dinero en metálico. El deseo de conseguir botín era más interesante para el concejo y villanos que el de conseguir conquistas territoriales.

Las incursiones tuvieron que organizarse para el robo de ganado a gran escala, ya que realmente escondía una competencia por los ricos pastos de invierno de la Mancha.  Las milicias concejiles de las villas de la Extremadura tuvieron gran éxito contra los fragmentados reinos de taifas pero fracasaron frente a enemigos cohesionados como lo serán los almorávides y los almohades.  Esto obligaría a los concejos a adoptar una organización militar muy apoyada en los caballeros villanos y una potente intendencia.

 

 


ndemnizaciones y premios

Según el fuero de Cuenca, las indemnizaciones por heridas variaban según la gravedad de éstas.

Si se perdía un caballo, la indemnización era variable pero no podía superar los 60 maravedíes. La pérdida de cualquier otra montura se pagaba con una cantidad nunca superior a 20 maravedíes. Por una lanza con guión abandonada en el cuerpo de un enemigo, se cobra 2 maravedíes. Por una lanza común en la misma circunstancia, un maravedí. Si un peón o caballero derribaba a un caballero musulmán, a la puerta de un castillo, tenía derecho a quedarse con el caballo. Si hacía lo mismo en cualquier otro lugar, podía elegir entre la espada, el escudo o la silla (el caballo era para el común). Aquel combatiente que entrara el primero en una fortaleza enemiga, tiene derecho a un cautivo.

En caso de no conseguir botín, evidentemente, nadie tenía derecho a ninguna indemnización.

Esto explica que, para los vecinos de ciudades y villas de la Extremadura, la guerra era un negocio.  Aunque implicaba fuertes  inversiones (en armamento y vituallas), podía reportar buenos beneficios (botín) o quizá pérdidas (si era capturado y debía pagar rescate; o peor aún, se podía encontrar la muerte en la expedición).

 

 

 


eparto del botín

El objetivo fundamental de una expedición organizada por un concejo es conseguir un sustancioso botín.

El botíb nutre el tesoro real pues el rey recibe la quinta parte de lo conseguido si la expedición está formada sólo por caballeros; un sexto si forman parte de ella también peones; y un séptimo si sólo hay peones. El botín capturado otorga recursos a las ciudades y es una forma de enriquecimiento de los combatientes.

Todo el botín conseguido era entregado a los cuadrilleros que lo anotaban, custodiaban y transportaban. Cualquier robo o desfalco en el botín era duramente castigado. Para evitarlo, el juez y los alcaldes hacen frecuentes inspecciones en las posadas. El reparto del botín se hace en presencia de toda la hueste. Los cuadrilleros, una vez pagadas las indemnizaciones, separado el quinto real y la parte correspondiente al concejo, con ayuda del escribano procedía al reparto. La unidad de reparto es la caballería: un caballero tiene derecho a una caballería, el peón cobra media caballería. Luego la cosa variaba según el armamento aportado, si se llevaba cota de malla, si se era ballestero, etc. Los alcaldes y el juez cobran de 2 a 4 maravedíes. Los exploradores, lo mismo.

 

 


rmamento de la milicia

Las armas y defensas de los milicianos estaban reguladas y estipuladas en muchos fueros.  Conforme los concejos ganaron poder y se consolidaron como fuerza militar, se impusieron mejores pertrechos tanto a caballeros villanos como al peonaje.

El armamento del caballero era lanza, espada y escudo. Paulatinamente se difundió que fuesen  vestidos con lóriga de sortijas (lorigón si tenía mangas cortas) y casco de hierro. El peón lleva una lanza y un arma arrojadiza (venablo, chuzo, azcona o azagaya). Entre los peones están los ballesteros que van armados con ballesta, dos cuerdas y cien proyectiles. Hay ballesteros a caballo, que deben llevar doble provisión de proyectiles o virotes (cobran una parte superior a la hora de repartir el botín).

La evolución del armamento fue común tanto para las milicias como para las huestes nobiliarias.  En la práctica los caballeros villanos no se distinguieron de muchos infanzones.

 

 


a milicia en campaña

La expedición por mandato real con carácter ofensivo se llama fonsado y en ella participa la hueste de la villa. Hay otra modalidad de expedición, la cabalgada en la que participan menos hombres (tal vez sólo voluntarios) que se organiza con vistas a la consecución de botín.

En la hueste están presentes el señor (o tenente de la villa), el juez, los alcaldes y el escribano. Los hombres se agrupan por colaciones (con lo que se refuerzan los vínculos de solidaridad y disciplina colectiva). La enseña o pendón de la villa la porta el juez, quien comparte el mando con los alcaldes. Los hombres con mejores caballos eran designados para ser exploradores, al mando de un aladid o jefe designado por el señor, juez y alcaldes. Los combatientes de las villas dejaron una gran impresión en el geógrafo musulmán Al Idrisi: se distinguen en la guerra como valientes, emprendedores y sufridos.

En campaña, durante la noche, la hueste acampa y hace el pan. Los hombres se reparten en “posadas” (especie de agrupaciones de tiendas de campaña). Los magistrados y el escribano confeccionan por escrito la lista de hombres, animales y armas de cada posada (si algún miembro de una posada cometía traición, se le castigaba junto con los demás de la misma posada). Parece ser que cada posada estaba compuesta por hombres de la misma parroquia. Esto implica que los lazos entre parroquianos debieron ser muy estrechos ya que vivían, marchaban, se alimentaban y luchaban juntos.

Las vituallas se acopiaban antes de partir. En territorio enemigo el avituallamiento se hacía rapiñando los alrededores del camino de la hueste.

Una vez en territorio enemigo, la mitad de cada posada salía en algara (cabalgada en busca de botín) mientras que el resto permanecía en la açaga (en retaguardia). Antes de esto, cada parroquia elige un cuadrillero (quadrellario) que se encargará de hacer la lista del botín conseguido y presidir su reparto.

Para emprender el camino de regreso, la hueste se vuelve a reunir e inicia el retorno, escoltando el botín. Es de suponer que los musulmanes intentarían organizarse para responder al enemigo. Además, el botín conseguido haría más lenta la marcha de la hueste.

Como se ha dicho, muchas expediciones llegaban a internarse profundamente en el valle del Guadalquivir (a centenares de kilómetros de sus bases), pese a estar formadas tanto por caballeros como por peones. Hay que entender que los caballeros cuentan con sus caballos de batalla, pero los peones, pese a que combaten a pie, irían montados sobre acémilas (para la impedimenta) o caballos no aptos para el combate. En el Fuero de Cuenca se establece una serie de indemnizaciones para los que hubieren perdido en campaña su caballo u otro animal (curiosamente, no se recibe ninguna indemnización si se pierde un asno).

 

 


bligaciones según el fuero

El Fuero de Sepúlveda recalca que el servicio militar es voluntario para los caballeros en caso de expedición ordinaria a tierra de moros (es el fonsado). Pero si el rey asedia una ciudad, o libra batalla campal, es obligatoria la asistencia tanto para caballeros como para peones. Los vecinos pagan fonsadera (cantidad por la que se exime del servicio militar) quien lo desea (se deja a estos la elección de ir o no en la hueste).

Quien proporciona un yelmo y una armadura a un caballero está dispensado de fonsado y fonsadera. Todas las poblaciones del alfoz deben ir en expedición con Sepúlveda y responder al apellido en caso de necesidad. Cada ciudad, sin embargo, tenía en su fuero distintas modalidades (unas tenían obligación de ir siempre que el rey lo pidiese; otras solamente una vez al año; algunas una expedición y durante tres meses; etc.). Las milicias urbanas no se integran en la hueste real. Conservan su propia organización y luchan bajo su propia enseña.

En principio, cada vecino debe acudir al apellido (llamamiento para defender el territorio de la villa o el reino, si el apellido lo proclama el rey). Esto significa la concentración inmediata de todos los hombres en estado de llevar armas (salvo por enfermedad, ausencia o, en caso de un caballero, carencia justificada de caballo). La incomparecencia se castiga con multas o caloñas. El cabeza de familia propietario debe presentarse, salvo si es demasiado viejo, en este caso quien comparece es su hijo o sobrino. Los demás miembros de la familia y los sirvientes no tienen que ir en apellido. Eximidos estaban también los clérigos y los excusados (suelen ser servidores de los caballeros).

En principio, la paga la constituía el botín logrado. Con el tiempo, los caballeros podían cobrar parte de la fonsadera. Este impuesto se convirtió desde una multa por eludir el servicio militar en un impuesto sustitutivo que pagan todos los vecinos cuando el concejo no era llamado en fonsado y los que no marchan en la hueste (salvo los excusados) cuando era convocado.

 

 


igilancia de la villa

Mantener en buen estado de las murallas y puertas de la villa consumía muchos recursos económicos del concejo. Cada vecino debe pagar un canon y trabajar en las obras necesarias. Todos los vecinos, sin excepción deben contribuir según sus posibilidades. No se exceptúan ni clérigos, ni caballeros, ni viudas, ni huérfanos. Bastante a menudo se destinaba el producto de multas judiciales a este fin. También se utilizaban los recursos comunales (el producto de ceder el uso de pastos o montes).

También la defensa de las murallas corresponde a los vecinos. Por ello, cuando salía la milicia en campaña, cada colación nombra a vecinos para que ocupen puestos de velas y vigías y efectúen rondas. Dos de los alcaldes y el juez suplente son los responsables de la defensa. Los vecinos sospechosos de complicidad con el enemigo (musulmanes o judíos) eran expulsados de la villa. Todo aquel que fuera sorprendido de noche, a oscuras, por los guardias era conducido a la cárcel. Al día siguiente, debía presentarse ante el concejo. Si era vecino, se le confiscaban los bienes. Si era forastero, se le ejecutaba.

En caso de incendio dentro de las murallas, lo primero era proveer la defensa de muros y puertas antes de ir a apagar el fuego (el fuego a veces era una maniobra de distracción hecha por los traidores de la villa para abrir las puertas al enemigo aprovechando la confusión).

 

 


a milicia segun fuero

Leyendo los fueros, se ven las armas obligadas para ir a la hueste.  Los fueros reflejan la realidad de la guerra y la importancia para las villas de contar con parroquianos bien armados, a los que se eximía de impuestos y concedían mercedes.

Así, en el fuero de Sepúlveda, otorgado en el siglo XII, acerca "del que morare en arrabal, que no sea menestral"

Todo morador del arrabál, que non sea menestral, que toviere caballo que vala veinte mrs. ó dent arriba, é que non sea ataharrado, é tenga escudo é lanza, et perpunte et capiello, non  peche pecho ninguno, si non moneda; et excuse sus aportillados con los de la Villa.

O en el fuero de Peñafiel, otorgado en 1256,

Et mando que los cavalleros que tovieren las mayores casas pobladas en la villa con mugeres et con fijos, et los que non ovieren mugeres con la conpaña que ovieren, desde ocho dias antes de navidat fasta ocho dias despues de cinquesima, et tovieren caballos et armas et caballo de treinta maravedis arriba e escudo e lanza a capiello de fierro e espada i loriga e brafuneras e perpunte, que sean escusados de pecho, et por los otros heredamientos que ovieren en las otras villas de mios regnos que non pechen por ellos.

E demas de esto les otorgo que el año que el concejo de Peñafiel fuere en hueste por mandado del Rey, que non peche marzadga aquellos que fueren en la hueste.

O en el fuero de Valladolid, otorgado en 1265,

Otrossi mandamos que el cauallero que fuere en hueste, que aya quatro escusados; et si leuare tienda redonda cinco; et qui touiere todauia loriga de cauallo suya et la leuare, aya seys escusados.